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domingo, 17 de septiembre de 2017

El Hombre Que No Quería Dormir



Aquella vela se consumía muy deprisa, demasiado, de seguir así
no tendría luz suficiente para mantener alejada la oscuridad de la noche
y el cansancio lo vencería, y no, no se podía permitir el lujo de dormir
y que ella otra vez se colara en su cabeza proclamándose
reina de sus sueños, no, de ninguna manera quería soñar.

Durante el día borraba cuidadosamente sus huellas para que las estrellas
no dieran con su casa había y tapiado puertas y ventanas
para que las hadas del sueño no traspasaran las de su vigilia,
y así pretendía seguir,  hasta que la luna se derritiese en el cielo
o su cuerpo se desvaneciera en el vacío.
iba para seis meses que se fue y desde entonces se mantenía despierto
a base de quemar velas negras y litros y litros de café.

Fue una relación de algo más de tres años,
a veces  nos costaba respirar  estando tan cerca uno al lado del otro,
nos faltaba espacio en el armario para colgar nuestros disfraces
y con el calor de las palabras alguna vez se nos borraron de nuestra piel los tatuajes
que ambos nos hicimos una tarde prometiéndonos eternidad,
pero seguimos adelante, como un río de aguas bravas
donde los salmones remontaban su cauce para ir a morir en su fuente,
libres y esclavos, así nos sentíamos, cuerdos y locos
con el polvo sagrado de la pasión revoloteando a nuestro alrededor,
así seguimos tres años con sus veranos y sus inviernos,
con sus primaveras en flor y sus lluvias de otoño, que aunque escasas,
fueron suficientes para mantener a salvo nuestros corazones heridos,
así seguimos rodando  hasta que un mal día ella le dijo que se marchaba,
que mis manos ya no tallaban caricias en su piel que le recordaran que estaba viva
y necesitaba ir en busca de nuevos caminos para sus pies.

La luz entró a raudales por la ventana,
los colores de un nuevo día sometieron a un asedio tal a sus parpados
que sus murallas cedieron y despertó, con las entrañas desechas  y el sudor frío
de quien se sane acorralado y vencido, sí,  una noche pesada y oscura como el granito
cayó sobre su consciencia y  por fin se había dormido,
había visto su cara y oído sus palabras sin sonido,
tenía la sensación de estar al borde de un precipicio sin bordillo,
a un palmo de ese silencio que no da tregua hasta que ha consumido a su presa,
con el dolor de su alma sobre las brasas de un amor extinguido,
despierto y vivo por que su corazón latía, pero muerto por dentro,
solo era cuestión de tiempo que las campanas doblaran por él.
 ***
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lunes, 11 de septiembre de 2017

Los Huesos De Su Esqueleto Apenas La Sontenían



Amontonaba hambres perdidas por todos los estantes de su despensa,
los marcos de sus fotos rodeaban sitios vacios
y en sus bolsillos cabían todos los lugares y destinos
que se había ido dejado por el camino,
las palabras que antaño salían de su boca perfumadas de belleza
ahora rebosaban de olvido en el cubo de la basura
donde languidecían los ecos de un pasado sin latidos
y que apenas le servían para hidratar sus labios resecos.

Sus días ya no rimaban con alegría
y los huesos de su esqueleto apenas la sostenían,
su aliento olía a tabaco rancio,
su futuro naufragó en las profundidades de los espejos
y en los estómagos de los payasos de circo
que cada tarde maldecían el circo
donde cada tarde aparentaban que era felices.

Los veranos que pasaban por su puerta ya no se encendían
y ninguna luna llena barría su desconsuelo,
anhelaba otra orilla pero no tenía fuerzas para cruzar ese río
que le llevaba a la deriva entre castillos de arena derruidos,
no hay peor castigo que el que uno se impone así mismo.
 ***
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martes, 5 de septiembre de 2017

Querida Delia



Delia guardaba un escorpión en un tarro de cristal,
era su mascota, la que mejor pronosticaba cada mes su menstruación,
dormía en las cenizas de su habitación en un viejo nido de salamandras
cerca del radiador donde yacía el esqueleto del último verano,
era discreto,  de la familia de los Leiurus,
la más peligrosas para el ser humano por su toxicidad,
se movía sin hacer ruido y no erizaba su aguijón
a no ser que la lluvia se colora por debajo de las tejas de su tejado
y le trajera malos recuerdos de su último amor.

Delia tenía solo16 años pero su mandíbula
ya había masticado más de un corazón,
sus manos habían amasado miradas de arrebato
que se colaban entre su almohada y su pelo castaño
de algún muchacho con más testosterona que neuronas
y muy dado él a erigirse en el macho de la manada,
pero Delia era más de sueños que de realidades,
más de pompas de jabón que de esquirlas de cristal,
no se quería cegar con el humo errático de un amor eterno
que no durara más allá de su pubertad.

Su habitación era un mapa estelar de las estrellas sin cartografiar
y ella quería ser la primera en quebrar el horizonte
e ir donde nadie ha dejado su huella, coger el fuego del cielo
y apretar su calor contra su pecho y empaparse de él
como su fuera una esponja, quería conocer al padre del viento,
labrar la tierra bajo sus pies como si fuera una nueva primavera
y dejarse llevar, la sangre de sus venas le diría hasta dónde,
por eso no quería ser prisionera de ninguna ausencia,
por eso Delia borraba su reflejo de todos los espejos,
para no ser testigo de una luz que se apagaba
en los ojos de una estatua de sal cada vez que mirase para atrás.
***
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